sábado, 7 de noviembre de 2009

El rayo verde

De la lectura se desprende que uno pueda creer en el amor de la forma más maravillosa y pura.

Quizás al encontrarte cerca de una playa mirando el horizonte puedas abrigar la esperanza de encontrar un rayo verde que ilumina tu mirada como un suave gorjeo de pajaros que canta en tu alma. Por ser el secreto que guarda para quien lo visualiza.


Les dejo fragmentos del libro. Creo que os gustará.
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-Bueno -contestó Olivier Sinclair-, precisamente en eso consiste la gran variedad de aspectos del océano. Si se levanta un poco de aire, cambia su faz, se llena de arrugas y las olas lo coronan de pelo blanco, envejecién¬dolo con sus fosforescencias caprichosas y sus encajes de espuma. -¿Cree usted, señor Sinclair, que algún pintor, por famoso que fuera, podría llegar a reproducir en una tela todas las bellezas del mar? -No lo creo, señorita Campbell. ¿Cómo podría hacerlo? El mar no tiene color propio. Sólo es un vasto reflejo del cielo. ¿Es azul? No será con el color azul que podremos pintarlo. ¿Es verde? Tampoco podremos ha¬cerlo con el color verde. Ah, señorita Campbell, cuanto más lo miro más maravilloso lo encuentro. ¡Océano! Esta palabra lo dice todo. ¿Qué son a su lado los más grandes continentes? Pequeñas islas rodeadas por sus aguas. Cubre las cuatro quintas partes del mundo. Por una especie de circulación permanente, se nutre con los mismos vapores que desprende, y con los cuales alime¬ta las fuentes que vuelven a él a través de los ríos, o que vuelve a recobrar con la lluvia que ha salido de su seno. Sí, el océano es infinito, infinito como el espacio que se refleja en sus aguas. -Me gusta oírle hablar con ese entusiasmo, señor Sinclair -contestó la señorita Campbell-, y yo también comparto su entusiasmo. Sí, a mí también me gusta el mar tanto como a usted. -¿Y no temería usted afrontar todos sus peligros? -preguntó Olivier Sinclair. -No, de verdad, no tendría miedo. ¿Puede tenerse miedo de lo que se admira? -Usted habría sido una intrépida viajera -dijo Olivier. -Quizá sí, señor Sinclair -contestó la señorita Campbell-. En todo caso, de todos los libros de grandes viajes que he leído, prefiero aquellos que tuvieron por objeto descubrir mares lejanos. ¡Cuántas veces he acompañado (con el pensamiento, claro) a todos esos grandes navegantes, en las profundidades desconocidas! No encuentro nada más envidiable que el destino de esos grandes héroes que han llevado a cabo proezas tan magníficas.
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Pálida estrella de la noche, lejana mensajera,
cuya frente luminosa surge entre el velo de Occidente,
¿qué miras en la llanura?

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En aquel momento todos sus pensamientos iban dirigidos a la señorita Campbell. De todos los peligros que había corrido, voluntariamente, es cierto, ya no se acordaba. De lo único que se acordaba de aquella noche horrible, era de las horas pasadas al lado de Helena, en aquel hueco oscuro, cuando la protegía con sus brazos del furor de las olas. Volvía a ver el rostro de aquella bella muchacha, más pálido por la fatiga que por el temor, y volvía a oír su voz conmovida que le decía: «¡Cómo!, ¿ya lo sabía usted?», cuando él le había dicho: «Yo sé lo que hizo usted cuando iba a ahogarme en el abismo de Corryvrekan.» Se imaginaba de nuevo en aquella estre¬cha gruta, dentro de la cual, queriéndose sin decírselo, .habían sufrido y luchado uno al lado del otro durante largas horas. Allí habían dejado de ser el señor Sinclair y la señorita Campbell. Se habían llamado Olivier y Helena, como si, en el momento en que la muerte les amena¬zaba, hubieran querido nacer a una nueva vida.
Una serie de pensamientos se agolpaban en la cabeza del joven mientras se paseaba por la meseta de Staffa. Por grandes que fueran sus deseos de volver al lado de la señorita Campbell, una fuerza invisible le retenía a pesar suyo, porque de hallarse en su presencia sin duda habría hablado demasiado, y no deseaba hacerlo.


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¡Oh, tú que corres por encima de nuestra cabeza,
redondo como el escudo de nuestros padres,
dinos de dónde parten tus rayos, divino sol!
¿De dónde viene tuluz eterna?

¡Tú avanzas impasible con tu belleza majestuosa!
¡Las estrellas desaparecen en el firmamento!
¡La luna pálida y fría se esconde en las brumas de occidente!
¡Tú sólo te mueves, oh sol!
¿Quién podría acompañarte en tu carrera?
¡La luna se pierde en los cielos;
tú sólo eres siempre el mismo!
¡Tú te recreas sin cesar en tu esplendente marcha!
¡Cuando retumba el trueno y luce el relámpago,
tú sales de la nube con toda tu hermosura
y te ríes de la tempestad!

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Todos, inmóviles y más emocionados de lo que se pueda imaginar, miraban el disco solar que iba movién­dose oblicuamente hacia el horizonte, descendiendo cada vez más, hasta que pareció quedar suspendido un instante sobre el abismo. Luego la curva del disco empe­zó a desaparecer dentro del agua.
No había duda alguna sobre la presentación del fe­nómeno. ¡Nada turbaría aquella admirable puesta de sol! ¡Nada vendría a interceptar su último rayo!
No tardó en desaparecer la mitad del disco del sol 'detrás de la línea del horizonte. Algunos rayos lumino­sos lanzados como flechas de oro, brillaron un momen­to sobre las rocas de Staffa. Detrás de ellos, los acantila­dos de la isla de Mull y el monte de Ben More se tiñeron de púrpura.
Por fin sólo quedó un ligero segmento del arco su­perior flotando en el horizonte.
-¡El rayo verde! ¡El rayo verde! -exclamaron al uní­sono los hermanos Melvill, la señora Bess y Partridge, cuyos ojos se habían impregnado por un cuarto de se­gundo con aquella incomparable tonalidad del último rayo de sol.
Únicamente Olivier y Helena no habían visto nada del fenómeno que acababa de producirse, después de tantos intentos infructuosos.
En el momento en que el sol lanzaba su último rayo a través del espacio, sus miradas se cruzaban olvidándo­se de todo en la mutua contemplación.
Pero Helena había visto el rayo negro que lanzaban los ojos del joven; y Olivier el rayo azul que se había es­capado de los ojos de la muchacha.
El sol había desaparecido totalmente; pero ¡ni Olivier ni Helena habían visto el rayo verde!


Julio Verne

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